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2008-10-27 - por Ruth: conociendo a mi hermano. « Volver


Esto me ocurrió hace una semana y todavía estoy tan sorprendida que lo cuento para ver si de este modo puedo entenderlo.

Vivo con mi hermano Nacho, 24 años, en un tres ambiente cerca de Córdoba y Uriburu. Un departamento que nos alquilaron nuestros padres cuando decidimos venir a estudiar a Buenos Aires. Yo tengo 20 años y me llamo Ruth pero todos me dicen Ruti. Antes de vivir juntos, mi hermano y yo teníamos una relación distante. Rara vez compartimos cosas, salvo la casa en el barrio de Los Troncos, en Mar del Plata, donde vivíamos con nuestros padres. Jamás fuimos confidentes, cómplices. Hasta que empezamos a compartir el departamento prácticamente fuimos dos extraños.

Hace un año que vivimos juntos y los comienzos fueron difíciles. Pero recién hace un año descubrí que teníamos algo en común: un apetito sexual desenfrenado.

Me desvirgaron a los trece y desde entonces no he dejado de coger. Antes de haber sido desvirgada, chupé todas las pijas que me pusieron en la boca. Desde la primera vez me trago la leche. Una noche, al salir de un boliche, después de haberme fumado un porro y bebido cerveza como loca, además de chuparla la quise adentro. Tenía trece años y fue mi primo, cinco años mayor, el que lo hizo. Hizo que mi cuerpo temblara de tal modo que desde entonces no puedo privarme de esa clase de temblores.

He tenido sexo con hombres y mujeres. Si no fuera que las mujeres no tienen pija, preferiría coger con mujeres. Sólo con ellas, al lamernos, al acariciarnos, al meternos los dedos en todos los agujeros posibles, siento ese placer lento, jugoso y dulce. Pero no puedo dejar de coger con hombres: además de pija, tienen ese instinto de animal salvaje que muchas veces necesito. Esa sensación de ser partida, ese placer único de tenerla en la concha o en el culo. Y el sentirla adentro, gorda, caliente, bombeándome hasta hacerme acabar. A veces hasta me meo mientras cojo. La primera vez que me meé cogiendo fue de parados, y el tipo empezó a chuparse mi meada, y después los dos nos agachamos en el piso, y chupamos mi pis y nos lo pasamos de boca en boca con la lengua. Y nos lo refregamos por nuestros cuerpos con las manos y las lenguas.

En algo nos parecemos Nacho y yo además de ser sexualmente insaciables. A ninguno de los dos nos importa si macho o hembra, lo que nos importa es el placer cuando hay química. A él le ocurre como a mí: a veces chupar una verga, a veces dejársela meter. A mí me da tanto placer una buena virga en la boca como una concha pulposa entre los labios.  Aunque él no lo sepa, una noche lo vi en su dormitorio en nuestro departamento compartido, encamado con un pendejo. Mientras los espiaba, mientras me pellizcaba los pezones y me metía tres dedos en la concha, y me sacaba los dedos para chupármelos y volver a meterlos, cada vez más jugosos, los ví cómo se gozaban. Ví como el pendejo se la dejaba meter y después Nacho hizo que se la metiera. Recién aquella vez sentí que él y yo éramos hermanos.

Por eso no debiera estar tan sorprendida de lo que ocurrió hace una semana, pero fue la primera vez que Nacho y yo compartimos parejas y nos cojimos.

Yo había vuelto de la facultad con una amiga. Le tenía ganas desde que la conocí. Hubo noches que me hice la paja pensando en ella. Hasta que al fin se me dio. Yo estaba de novia con un compañero, nos llevábamos de diez en la cama, pero a mí siempre me vienen ganas de una mujer. Y Andrea, mi compañera, era la clase de mina con la que yo quería revolcarme, y pasar la noche juntas, desnudas, pegadas una a la otra. Necesitaba quedarme dormida sintiendo sus tetas sobre mi espalda y su conchita peluda apoyada en mi culo. Sentir sus pendejos rascándome como un cepillo.

Nacho había llegado antes que yo, y estaba mirando televisión con un amigo. Miraban una porno y tomaban cerveza. Los dos estaban desnudos en el sofá del living, con sus pijas paradas. Se las acariciaban entre sí mientras tomaban cerveza. Al entrar con Andrea, al principio me sentí incómoda, especialmente por ella, pero enseguida advertí que a ella lo que veía no le molestaba. “¿Podemos verla, juntos?”, le pregunté a Nacho y como él no me respondió que ni sí ni que no, Andrea y yo nos sentamos frente al televisor. Cuando Nacho comenzó a chuparle la pija a su amigo, yo le toqué a ella las tetas, y tan pronto lo hice Andrea se quitó la remera. Entonces comencé a lamérselas, a mordisquearle los pezones mientras ella me metió una mano adentro de mi bombacha y comenzó a frotarme y enseguida metió su lengua en mi boca. Nos desnudamos mientras Nacho se cogía al amigo. Andrea y yo nos hicimos el 69 más hermoso que alguna vez haya tenido. No sé cómo ocurrió pero de pronto las dos estuvimos lamiendo la pija del amigo de Nacho y después la de mi hermano. Nos la comimos como lobas hambrientas. Nos tiramos en el piso y Nacho comenzó a cogerse a mi amiga mientras su amigo me cogía a mí. En determinado momento Nacho estuvo sobre mí y me penetró por el culo. No sé cómo ocurrió pero de repente tuve la pija de mi hermano en el orto y la de su amigo en mi concha. Andrea se sentó sobre mi cara y le metí la lengua tan hondo como pude, mientras mi cuerpo se llenaba de jugos. Nacho y el amigo acabaron sobre mis tetas. Andrea se acercó y comenzó a lamer esa leche y a meterla con su lengua en mi boca. Nos relamíamos como yeguas salvajes, como dos golosas insaciables. Mientras tanto mi hermano y el amigo volvieron a pajearse. Cuando volvieron a tenerla dura Nacho se tiró sobre mí y me dijo: “ahora me toca tu concha”. Y me la metió de tal modo que sentí tanto placer que por primera vez lo besé en la boca, le metí la lengua hasta sentir que podía morderme. Entonces aparté mi boca de la suya. La reservé para su leche, que fue espesa, dulzona.

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