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2011-06-09 - Carlos: SEXO A LA CARTA EN LA PATAGONIA II « Volver


Me respondió con una bella sonrisa que dejaba notar que era una mujer
además de bella, muy simpática. Me contestó que había venido a visitar a
una tía suya en Bs.As. y de paso disfrutar de unos días en un lugar
como este, tan natural y diferente para ella. Al comprobar que estaba
sola, inmediatamente, la he invitado a tomar otra copa y hemos seguido
charlando con agrado, pues parecía una chica bastante culta, y además de
su belleza, su simpatía y la fragancia cítrica que emanaba me atraían
mucho de ella. Hemos estado hablando largo rato de forma que sin saber
cómo entramos en confidencias y casi nos contamos nuestras vidas. Me ha
dicho que se llama Sara, “Sari” para los amigos, y que trabaja en una
compañía consultora, como analista de inversiones. Por mi parte, le he
contado que estoy de vacaciones para unos días, que habito en una linda
cabaña de madera de mi propiedad y otros pormenores por los que estaba
allí. He sabido que pensaba quedarse durante varios días para conocer lo
más destacable del lugar y no he dudado en invitarla a conocer los
sitios más interesantes, ofreciéndole mi guía de experto conocedor
local. Ella, como era de esperar no se ha abierto a alguien a quien
recién ha conocido. Ha intentado rehusar mi ofrecimiento, no deseaba
causarme molestia alguna, ni abusar de mi amabilidad, pero algo me decía
que valía la pena insistir y después de repetirle mi ofrecimiento y
tranquilizarla, he conseguido que finalmente aceptara dejarse acompañar
por mí. Entonces nos hemos citado para que mañana pase a buscarla por el
hotel. Me he venido a mi casa muy impresionado por la simple idea de
pasar algún día con una joven tan atractiva y quizás soñando que
intentaría algo más, a ver que pasaba, pues por intentarlo no podía
perder nada, al contrario, me serviría de distracción y bien podría ser
la ocasión de oro que andaba buscando últimamente. Tal vez la fortuna me
había puesto delante la posibilidad de tener una relación fuerte con
una mujer tan sexy y bella. Si no tenía éxito, por lo menos habría
conocido a una mina interesante del otro lado del Océano”

Un día largo y tendido con Gabo:
A primera hora de la mañana ya me estaba esperando el en lobby del
hotel, salió a mi encuentro, nos saludamos y le invité a desayunar
conmigo. Yo salí arreglada para la ocasión, quería causarle la mejor
impresión y además ir a tono para un día en la montaña. Llevaba un
pantalón verde de camuflaje, muy ajustado, combinado con unas botas de
escaso tacón. La parte de arriba la cubría con un jersey elástico y
apretado que dejaba adivinar todo el contorno firme y turgente de mis
senos. Encima de todo ello, un chaquetón grueso hasta mas abajo de las
caderas. Gabo se vino hacia mí, me besó ligeramente en las mejillas, y
me miró sin recato, con admiración y regocijo. Durante el desayuno,
aprovechamos para planificar la actividad del día; me sugirió que
podíamos empezar por visitar El Cerro Catedral y disfrutar de las
montañas y los centros de esquí. Él se había llevado su ropa y todo lo
necesario para esquiar, con la idea de darme unas lecciones intensivas
durante toda la mañana, ya que para mi era la primera vez que lo iba a
practicar.
Montamos en su camioneta y bordeando el bonito lago que hay en
Bariloche, me llevó a unos 20 kms. junto a la base de este conocido
macizo montañoso. Allí aparcamos el coche y después de rentar un equipo
de nieve para mí, tomamos el cable carril, un sistema de elevación como
un teleférico y alcanzamos un área muy extensa destinada a la práctica
del esquí. El lugar era maravilloso, con las cumbres nevadas y los
cerros picudos, con gran movimiento de gente por todas partes para
disfrutar de las actividades de montaña. Nos quedamos en una pista fácil
y tranquila, poco patrullada, lo cual me pareció buena idea, así mi
torpeza no sería tan vista. Estuvimos horas y horas ensayando para que
yo consiguiera deslizarme sobre la nieve, y a cada intento se
correspondía una caída o pérdida del equilibrio. Gabo, me sostenía
agarrándome por los brazos y levantándome cada vez que me caía por los
suelos, era una situación cómica y divertida, debido a mi inexperiencia.
Mi falta total de habilidad para moverme en la nieve, me obligada a
entregarme en sus brazos sin saber si era necesaria tanta permisión,
algo que él aprovechaba para recrearse placenteramente mientras
enderezaba mi posición. Al final de la mañana, ya habíamos conseguido
que yo avanzara con relativa estabilidad, no sin antes haber rodado por
la nieve en un montón de ocasiones. Nos reíamos como niños traviesos a
cada tarascada y en algún caso, en mi caída le arrastraba a él que se
dejaba rodar sobre la nieve, abrazado a mí. Aparte de divertirnos mucho,
para mí aquello era nuevo y me enganchó de tal manera que la mañana se
me pasó rápida como en un suspiro.
Con la excusa de mi aprendizaje, habíamos tenido mucho contacto físico,
retozando sobre la nieve como si nos conociéramos de toda la vida;
siguiendo el guión de las clases, durante tantos ejercicios sus
agarrones y abrazos no habían dejado libre de sobo ni un centímetro de
mi cuerpo. Al final de la práctica, yo ya mantenía mi cuerpo vertical,
algo insegura, por lo que Gabo para evitar mi derrumbe me sujetaba con
sus brazos, de manera que alguna vez me quedaba involuntariamente pegada
a él, mientras me sostenía por detrás. Sentí el calor de su aliento
sobre mi nuca, así como el blando y notable contacto de su hombría sobre
mi parte trasera. En algún momento, al clavar su mirada invasiva y
tensa sobre mis ojos, percibí que en nuestros cuerpos se estaba
produciendo una rebelión de hormonas que no iba a ser fácil de dominar y
mantener en calma.
Cuando llegó la hora, nos fuimos a comer a uno de los restaurantes
típicos de Cerro Catedral. En la larga y relajada sobremesa, sentados
uno frente al otro en una mesa pequeña, que nos hacía muy próximos, él
clavaba sus ojos en los míos, como embelesado. Me estuvo preguntando
todo sobre mis gustos y aficiones, tanto de tipo social como íntimas, de
manera que tocamos el ineludible tema de la sexualidad sobre el que
Gabo deseaba conocer mis gustos y limitaciones. Yo abierta de mente como
soy, no tuve reservas para intercambiar con él mis opiniones y
preferencias. Esto le acabó de envalentonar y tomando mis manos,
apretándolas entre las suyas, para transmitirme su calor me dijo:
-Eres como me había imaginado. Mi tipo de mujer ideal. -confesó él.
-No creas…..también tengo mis defectos, y terribles. -contesté.
-Lo que tendrás son montones de pibes detrás de ti….-afirmó.
-Hombre…no me puedo quejar, la verdad.
-Qué te gustaría hacer ahora, Sari?
-No sé…tu eres el guía y sabrás que es lo mejor….
-Entonces…si nos dejamos llevar por mi instinto nos vamos ya y te muestro mi cabaña.
-De acuerdo. Hoy ha sido un día tan movido que ya estaría bien retirarnos.
Mientras me decía esto, mantuvo mis manos aprisionadas entre las suyas,
como si yo fuera una codiciada presa que me fuera a escapar,
transmitiéndome su calor y afecto en forma de una corriente que fluía
por todo mi ser. Abandonamos el restaurante y descendimos por el
transporte de cable carril para regresar a Bariloche. Gabo, por el
camino me propuso ir directamente a la cabaña, tomar algo allí mismo y
luego, antes de devolverme al hotel, me invitaba a una cena rápida a
base de carne, que cocinaría él mismo. Después de tantos favores, no me
pareció bien rechazar su ofrecimiento y consentí en acompañarle a su
casa y acabar el día como él lo estaba planeando.
Sin tardar, llegamos a su cabaña que estaba en las afueras de la ciudad,
en una zona apacible poblada de un grupo de casitas de madera,
discretamente separadas unas de otras, rodeadas cada una de ellas de un
espacio arbolado. Su interior era cálido y acogedor, tenía un aire
rústico debido al mobiliario y al estilo de construcción, con las
paredes formadas de troncos de madera y el pavimento del suelo también
de madera, lo que aislaba la estancia del frío. Se trataba de una
vivienda pequeña, dotada con todos los servicios básicos necesarios,
construida en una planta ligeramente elevada sobre el nivel del terreno.
En el fondo, frente a la entrada, había un hogar con leña dispuesta
para encender fuego. El centro de la sala estaba ocupado por una mesa
rectangular de madera maciza, con cuatro sillas acopladas a ella. En una
de las paredes un sofá de dos plazas y dos sillones encarados al hogar.
En el suelo, entre la mesa y el hogar se extendía una gran piel de
cabra a modo de alfombra. Luego, Gabo me mostró el resto de la cabaña,
una diminuta cocina, cuarto de baño y un dormitorio con una cama grande.
Era un encanto de casita.
Antes que nada, me sugirió que podía darme una ducha allí mismo, sin
tener que esperar a llegar al hotel. Entre tanto, él se ocuparía de
encender el fuego del hogar para caldear la vivienda.
-Podés ponerte una camisa mía que hay colgada en el baño, así estarás más cómoda para la cena. –me dijo.
Cuando salí del cuarto de baño, solo llevaba la ropa interior y una
camisa suya que me llegaba casi hasta las rodillas. Gabo me miró
divertido y me indicó que me sentara junto al fuego mientras el también
se duchaba rápidamente. Después del esfuerzo físico de esa mañana, el
cuerpo me había estado pidiendo un buen baño, por eso ahora me sentía
cómoda y relajada.
Mientras estuve sentada en el sofá, que daba lateralmente al hogar, al
reflujo cálido del fuego, pensé que estaba atrapada en un ambiente
perfecto para una velada íntima, en cómplice soledad con mi nuevo amigo.
Estaba segura que eran el lugar, el momento y el hombre predestinados
para hacer realidad una fantasía romántica y de pasión, un buen
complemento para enriquecer mi plan de viaje. Había todavía bastante por
descubrir, pero en el aire se respiraba una atracción y deseo
crecientes. Él, se estaba comportando cada vez más confianzudo y amoroso
conmigo, estrechando el cerco y ganando espacio por momentos, aunque,
eso si, sin propasarse ni abusar de su ventajosa situación.
Gabo, no tardó en salir del baño, metido en un albornoz blanco de baño,
con signos de encontrarse en un estado tónico, con un brillo especial en
los ojos que denotaba un alto nivel de energía contenida en su
interior. Se sentó a mi lado, muy junto, nuestras miradas tropezaron, la
mía era de sumisión y la suya tan hipnótica y apremiante que me dejó
inerme durante unos segundos. Su estado parecía tenso y excitado.
-Bueno Sari, no me decís nada de mi cabaña….
-Me parece una monada, un refugio muy lindo y acogedor.
-No se te antoja compartirla conmigo unos días …?
-No creo que sea buena idea, te quitaría tu libertad y podía ser incómodo para los dos.
-Yo pienso todo lo contrario, me hace mucha ilusión tenerte aquí conmigo….!
Aprovechando nuestra proximidad en el asiento, muy inclinado sobre mí,
me tomó la cabeza delicadamente con ambas manos, volteó mi cara hacia él
y puso su boca junto a la mía, acoplando sus labios suavemente sobre
los míos, para comprobar si yo aceptaba su iniciativa. Yo no tenía
pensado haber entrado tan pronto en ese juego, al primer envite, el
primer día de conocernos, pero ya me di cuenta de que todo se
precipitaba, estaba metida en un pozo de pasión y era el momento justo
de cambiar el chip.
-Mmmm! Sari….. como he soñado este momento! -exclamó besando mi oreja.
-Uuffff…Gabo…! –Suspiré yo aturdida.
Siguió adelante, incontenible en sus acciones, demostrándome que
estábamos en un trance inaplazable. Su mano se apoyó sobre mi muslo,
ascendió por detrás y exploró entre mis nalgas, me acarició el torso,
todo ello a la vez que sus labios se habían trabado con los míos, su
lengua paladeaba dentro de mi boca sorbiendo mi saliva y mezclándola con
la suya. Yo le respondí, friccionando mi lengua furiosamente contra la
suya, dentro y fuera de la boca. Su otra mano impaciente y experta
comenzó a acariciarme los pechos por encima de la camisa. Sin darme
cuenta me había desabrochado los botones, liberándome rápidamente del
sujetador, facilitando que su mano amasara con ahínco mis pechos
turgentes y deseosos de ser tocados. Parecía tener muchas manos, y con
una acariciaba mi vulva por debajo de la braguita, penetrando sus dedos
en un delicioso y diabólico recorrido alrededor del clítoris.
-Oooh! ooohh….! -comencé a suspirar
-Te sentís bien…? -preguntó en tono acalorado.
-Si, claro….-le dije abrazándome a él, entregada.
Comencé a retorcerme de gusto sobre el sofá, señal de que nuestros
cuerpos empezaban a arder por los cuatro costados. Él inclinó su cabeza,
alcanzó mis senos con sedientas lamidas y consiguió atrapar en seguida
uno y otro de mis pezones, chupándolos con la avidez de un animal
hambriento. Me tomó una mano y la llevó sobre su pene, para que
comprobara el volumen de su paquete. Su boca y su lengua iban y venían
desde mi cuello hasta el contorno de mis senos de oscura cúspide, erecta
y húmeda a causa de sus libaciones. Eran unas lamidas alternadas con
chupadas deliciosas, ruidosas y delirantes.
-Ya ves cómo me tenés….caliente desde que me hablaste por primera vez!
-Si…. mmmm! -murmuré.
Volvió a besarme en la boca, con tal fruición que a cada encuentro de
nuestros labios acompañaba un chasquido sonoro. Después dejó de besarme,
se separó ligeramente de mí para contemplar sonriente mi rostro feliz y
satisfecho, mientras que acariciándome los pechos con ambas manos, me
decía:
-Sara tenés unas tetas perfectas, apetitosas y muy sensibles…de lo mejor que he visto…!
Nuestra complicidad ya era tal que el progreso de nuestra entrega era
rápido y compartido sin reserva alguna. Prueba de ello fue que me
despojó de la camisa, y yo solté mi mano que había permanecido agarrada a
la erección que se proclamaba debajo de su bata. Pensé que su miembro
no merecía el encierro al que estaba sometido, le desaté el cinturón de
su bata, la abrí lo justo para que emergiera su verga exultante y tiesa
como un mástil.

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